El trazo de cada movimiento que inicias, el vagido en el que comienzas a reconocerte, los tímidos pasos que deberán medir la distancia al suelo, la sonoridad de las voces que te acunan con dulzura, el equilibrio que imperceptiblemente vas consiguiendo, los balbuceos de un lenguaje que ya vas escuchando pero que te cuesta incorporar, la agitación desasosegante ante el primer dolor, el tímido punto placentero que recorre la inocencia de tu cuerpo, incluso el abandono casual o pensado al que te someten, ¿no te obligan a convertirte en un volumen de sinuosidades que no aciertan a hallar el equilibrio?


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