¿Instinto de protección o inercia?
¿Modo de ser o concentración?
¿Confusión o decisión contenida?
¿Espera tensa o prospección?
Todo implica una dinámica alterna:
el efecto siguiente es el inicial
de otro más próximo y éste de otro más.
Nada hay acabado en el ser.
Pero no basta con su indocilidad.
Permanecer en la distancia recibiendo los golpes
no conduce a nada.
O tal vez no sepan hacer otra cosa:
Estar ahí como metamorfosis del lamento.
Ser la víctima que atraiga los fracasos
y la rebeldía estéril de otros seres.
De ahí su resistencia. No saber
si serán aceptados o si deberán imponerse
como la nueva revelación.
Dudar entre el aprendizaje
que les haga uno más entre todos
o mostrar el lado oscuro:
su queja permanente.
Fue aquel origen el que marcó su gesto.
Al ser arrojados perdieron la noción anterior.
Entre sus convulsiones una vaga sensación
de que pudieron estar llamados a otra posibilidad.
Nadie recuerda. Nadie tiene certezas.
Invocan por instinto de adaptación
un subterfugio que llaman memoria.
No tienen fin. Cree el trazo haber llegado a su destino pero le espera un recomenzar. Hay tantos signos por ser trazados…Muchos pertenecen al pasado, adquiriendo una forma. Otros se quedaron por el camino, como una cantera a medio explotar. Los trazos saben que los tiempos se precipitan y que el resultado final de las obras de los hombres les impone caos y les exige renacer. No son procesos breves ni siquiera su trabajo es el mismo porque las condiciones para el trazo se replantean constantemente. Tampoco les importa que los desdichados humanos no les reconozcan como tales y solo permanezcan absortos ante el objetivo logrado. Tan efímero la mayor parte de las veces. Las palabras también enmohecen, se caen de los vocabularios de los personajes del guión y hay que reinventarlas. Para ese objetivo están ellos. Sin nosotros el mundo de lo que quieren que sea los hombres no existiría, piensan ufanos y no exentos de razón los trazos.
¿Acaso los trazos no son sino el oxígeno que nutre a los
signos? Más, es también la arquitectura del signo. La dialéctica olvidada. Cuando
los signos adquieren categoría propia -señales, letras, símbolos, dibujos- el trazo permanece en la
penumbra de su pasado. La definición de
los signos es, en realidad, el triunfo del trazo.
Ese punto en que parecen disociarse trazo y mano. En que ambos se sienten tan inseguros como huérfanos. La convulsión que les agita y les cuestiona. Cuando el dardo mortal quisiera herir para siempre el vínculo que les hace deberse mutuamente.El punto de inflexión en que la mano declama el signo que va definiéndose sin presura.
No les importa la caída porque cuanto más cerca del suelo se encuentran con más claridad ven la materia de la que está formada la tierra. Y no son sus designios que floten entre las nubes ni que escalen montañas. Y sus intenciones no les conducen a pacer en los prados ni a revestir de escamas los seres de las aguas ni a construir con cal las rocas más profundas. Y sus aspiraciones distan de tomar el relevo de cuantos seres habitan la extensión. Ellos han nacido para concretar sueños y traspasar las fronteras de los mundos imposibles. Ellos han llegado para compensar la impotencia de los hombres.
El trazo aparenta escudo pero también es ariete. Es barro pero también metal. Es aldea y se refunda en ciudad. Es descampado pero se constituye en fortaleza. Es armonía pero también perturbación. Es arranque mas también llegada. Es merma y llega a crecer. Es insinuación y sin embargo se revela como desenlace.
Lo más liviano pesa. Lo oblicuo llega de plano. Lo que parece desviarse encuentra la dirección. Lo que se demora se asienta. Lo que se curva afina su tensión. Lo aparentemente frágil es fuerte. Lo que es búsqueda configura el hallazgo. Lo que se encuentra da sentido. Tras el sentido nació el trazo. El trazo le devuelve la emoción.
¿Por qué ese camino sinuoso? La propia fragilidad, ¿es propiedad del sentimiento? ¿Es el naufragio de la idea? ¿Se trata de la oscuridad de concepto? ¿Es la expresión no fraguada? Los trazos se confunden unos a otros. Son traviesos, se desplazan entre sí, se cargan de cólera, se vacían de paciencia. Unas veces avanzan, otras se detienen. Toda parada ¿es retroceso?
Cuando el trazo comienza a convertirse en signo. Como balbuceo que no sabe expresar todavía una imagen que empieza a adquirir forma dentro de él. Cuando el sentimiento de la idea pesa aún más que la racionalidad. Y las geometrías desconocen si es el principio o el fin, porque sus perfiles se muestran ilimitados. Pero imprecisos.
Creciendo sobre sí mismo. Todo crecimiento tiene algo de posesión. Pero mucho de abandono. El trazo conoce en la medida en que avanza. Deja atrás la inercia de la nada para edificar una conciencia del vacío. A esa conciencia se le llamará en algún momento expresión. El trazo se afianza exclusivamente en cada paso, porque él es construcción. Causa tras causa.
Nadie sabe con certeza si el trazo tiene clara desde el principio una dirección. El trazo es el instante. El trazo se configura solo a sí mismo. Es como un latido o una pulsación. El trazo es esencia. Lo que vaya a generar con su propia sucesión de ejercicios es siempre sorpresa. Pero, ¿no habrá acaso una llamada oculta que le conduce a descubrir un mundo?
Nacimiento disperso. Como caballos salvajes, los trazos cabalgan desatados. Quieren hablar, pero apenas dicen. Tienen ya un sentido, pero casi no pergeñan una forma. O su expresión fatídica es ésa: mantenerse desbocados. Ignoran qué destino les espera. Ni el jinete solitario ni el auriga servidor han nacido todavía. La mano -la sombra- se mueve en nebulosa. Probando una y otra vez. Hablando lenguajes que no se nombran llamados geometrías.
Hay un instante que no conoce tiempo en que se da el titubeo. Arrancar desde la soledad de lo efímero para pretender prolongar su mano. El trazo ignora qué largo va a acabar siendo. Es el valor de lo elemental en apariencia. La belleza de los impulsos que la naturaleza desconocía poseer en su interior. La estética de las manifestaciones que solo advierten los minerales, el viento y las corrientes subterráneas. Todo está allí dentro. No todo espera y su emersión es cuestión de azar.