"Tú no estás dormida ni despierta: tú flotas en un tiempo sin horas" Carta de creencia. Octavio Paz

martes, 9 de enero de 2018

De oca a oca y aclarando que es gerundio



Ha habido algunos visitantes del blog que me han pedido que incluya una vista general aproximada del Juego de la Oca de Artemio Rodríguez. Lo hago con gusto. Para poder verlo con comodidad y cierto detalle sugiero que se haga clic sobre la imagen. Por supuesto, la leyenda que incluye el dibujante no es la que Jean ha imaginado y fantaseado por libre. Disculpas por no haber colgado antes esta fotografía.


domingo, 12 de noviembre de 2017

y 63. El último dado



Bien, jugador, ya has llegado a la tierra prometida. ¿O es el paraíso perdido? ¿O se trata del jardín de las delicias? ¿O solamente y sin pretensiones mayores a la parcela soñada? Mira que digo que has llegado, no que has ganado, pues salvo que consideres la carrera como una competición contigo mismo o contra ti o a pesar de ti (las variaciones son muchas) lo que es seguro es que si perseveras en la existencia sin rajarte habrás alcanzado alguna clase de fantasía que te compense.

El último dado te ha colocado en la casilla idónea y te has librado del castigo de iniciar de nuevo la partida. Porque no deseas emprenderla de nuevo, ¿verdad? Al menos no con las mismas trampas, condenas, falsas promesas y golpes quebradizos sobre tu cuerpo, ¿no es así? Pero ¿quién puede elegir el juego considerándose a salvo de lo que son las manifestaciones de la materia de que estamos hechos los humanos? Y sin embargo, un alma lúdica te impulsa, nos impulsa a todos, a volver a intentar contra reloj el juego para evitar las pérdidas, saltar sobre los abismos, alcanzar lo que no conocimos, desprendernos de las maldades, asegurarnos briznas de bienestar que se van desgajando de nuestra piel.

Míralo como quieras. El Juego de la Oca de Artemio Rodríguez te hizo simular múltiples posibilidades, jugador. Fácil que seas el que corre a la vera de la gran bocanada energética del cráter o el que se apoya a la sombra del árbol de la sabiduría. ¿Todo acabó, que diría el poeta? El juego está abierto, que vocea el crupier. 



(Ilustración de Artemio Rodríguez)

sábado, 11 de noviembre de 2017

62. El fabuloso pez serpiente dragón




En una de sus múltiples manifestaciones el pez serpiente dragón emerge una y otra vez para intentar que se abran las puertas del paraíso. Este ente nunca habita más allá del umbral. Salpica las olas de los acantilados, azuzando la movilidad permanente del universo, pues el edén está rodeado de inaccesibles roquedales. Se desliza entre las piedras más profundas e íntimas, manteniendo el don de la sabiduría, sin traspasar jamás los cimientos de la ciudad deseada. Intenta alzarse ardoroso y esbelto por encima de los muros del jardín prometido, convirtiendo en calor el aire frío, pero a cada palmo que su cabeza levanta el muro de ilusiones de la otra parte se erige más alto. El ser trinitario dispone de todos los elementos de la naturaleza menos uno, del cual siempre se habla y nunca fue hallado, el de la felicidad. Las leyendas dicen que esta es la vida ordinaria en el territorio a alcanzar, sin que se sepa de nadie que haya logrado habitarlo. 

El fabuloso monstruo de las tres propiedades que son trescientas o trescientas mil, a medida que desarrolla sus facultades, atiende a los innumerables hombres que insisten una y otra vez en su empeño de ir más allá del cerco de las ensoñaciones. No habiendo testimonio alguno de que individuos del suelo terrenal hayan conocido la felicidad el pez serpiente dragón se muestra benévolo y consolador con cuanto humano llega hasta él en medio de súplicas. Hago todo lo que puedo, dice el pez serpiente dragón a los perdidos humanos, pero mis habilidades y recursos terminan siempre a la orilla del anhelo. Lo único que puedo procurar por vosotros, les dice, es que algún día seáis como yo.



(Ilustración de Artemio Rodríguez)

miércoles, 8 de noviembre de 2017

61. ¡Así que esta fue la carrera!




En el sprint próximo a la meta un ángel oportunista le propone al ciclista una trampa. Para que llegue cuanto antes. Te empujo sin que nos vea nadie y, a cambio, me reconoces como cómplice. Pero el dorsal sudoroso, ajado y casi esquelético no lo acepta. ¿Por qué tanta prisa por terminar la carrera? Tal vez no es urgencia sino solamente cansancio. Y sentido de cumplir la misión en la que se embarcó sin proponérselo, porque le embarcaron. Y la modesta satisfacción que, no obstante, para cada corredor tiene un significado elevado. Llegar al final, sin haberse retirado de manera precipitada en una etapa, sin descalabros que le descalificasen, sin apartarse del recorrido marcado por la organización biológica es todo un triunfo. Entonces, restando importancia al ángel que, cual espectador espontáneo salió a dar un empujón al atleta, pero al que no debe el esfuerzo del aliento último, el corredor alza las manos. Victoria por haber corrido. Victoria por haber resistido. Victoria por haber superado la gymkana. Victoria por demostrar que lo pequeño hace lo grande. Victoria por descubrir que el misterio no era otra cosa sino la pista por la que deslicé mi vida, piensa. 

Una dosis de escepticismo y perplejidad últimos hace que el corredor exclame al borde del abandono justo y definitivo: ¡Así que esta fue la carrera!



(Ilustración de Artemio Rodríguez)


martes, 7 de noviembre de 2017

60. Ella, la única



Ella está siempre allí. Caminante que llega, caminante al que da la bienvenida con alegría. Viajero que se va, viajero que es despedido con agradecimiento. ¿Y el individuo que se queda? Es atendido con toda la cortesía y condescendencia que se merece. No se trata de una imagen estática ni de un reclamo publicitario. Ella es lo que cada transeúnte quiera que sea. Si éste pide con bondad, ella concede. Si exige con malas formas, ella da margen para que corrija. Si anda perdido, ella le propone direcciones para que se oriente. Si vive en una nube de euforia, ella le pone en el suelo con amabilidad. Si le invade la bilis del odio, ella le proporciona un bálsamo. Si no ve, ella hace de lazarillo. Si está privado de amor, ella le envuelve en ternura. Si flaquea, ella le recompone. Si se hastía, ella le conduce al otro lado del lago. Ella está siempre allí. Lo que cada uno  quiera que esté.

Jugador, juega con placer y satisfacción todos tus años, y procura hacerlos buenos, pues la única contrapartida que ella te reclama es que la disfrutes. No hay otra vida, sino ella.



(Ilustración de Artemio Rodríguez)


domingo, 5 de noviembre de 2017

59. El vuelo ausente



El vuelo de las aves pacíficas se efectúa lejos del volcán. En las laderas de éste no hay vegetación y los pájaros la necesitan para sus quehaceres domésticos. La vida de los hombres se desliza entre el curso del fuego oculto y sus manifestaciones incontroladas. Como algo ajeno a las fuerzas secretas e inesperadas los hombres labran el cotidiano mensaje de bienestar con sus manos y su talento. Hasta que un día una erupción o un temblor intenso o una invasión de otros hombres desde la parte del mar o atravesando lo que que consideraban cordillera inaccesible da al traste con tanto esfuerzo y, sobre todo, con la aparente seguridad que se había instalado en sus ciudades y territorios. Entonces el vuelo amable de las aves y el dibujo de su enfilamiento, como de danza, en el cielo desaparece. La enseña de los tiempos de paz deja de ser la compañía tranquila y ensoñadora de los habitantes. No construyen las aves sus nidos en espadañas ni en torreones ni siquiera en aleros. No se escuchan cantos de amanecer ni los gorjeos del día que se apaga. Se instala la espiral del humo. El humo de la llama más profunda, el humo de la aldea que arde, el humo del fogonazo de los guerreros. En ese momento los hombres se miran unos a otros, perplejos. No logran explicarse cómo les ha podido pasar aquello. Llevaban un tiempo inmemorial, que apenas casi nadie registraba, sin ningún conflicto, sin ninguna peste, sin ningún dolor, sin apenas llanto. Creían conocerse entre sí, pensaban que la violencia telúrica era cosa de leyenda, que las extrañas construcciones que flotaban sobre el mar respondían a una narración antigua, nunca comprobada, que los pueblos de lejanas extensiones, que habían permanecido contenidos, estaban al igual que ellos a las tareas de la supervivencia. Que el suelo, en fin, era eternamente firme. Ya era tarde para planear nada. Tenían que reaccionar sobre la marcha y la consigna era clara. Quien se salve, que recuerde. Quien recuerde, que prevea. Solo de esa manera podrían volver las aves al nuevo territorio de la nueva vida.



(Ilustración de Artemio Rodríguez)

viernes, 3 de noviembre de 2017

58. Mi viva imagen




Una vez conocí a una calavera que jamás había tenido carne puesta. Nunca me he ocultado tras un cuerpo, me dijo en voz baja. Y eso que me han dado a elegir muchas veces. Me han ofrecido un rostro ingenuo, otro seductor, otro convincente. Me ofrecían tonos luminosos de pelo, pieles tersas, músculos de sonrisa fácil, frentes amplias o carrillos regordetes. Pero no me decidí por ninguno, todos me parecían máscaras. No me lo creo, le dije yo, porque salta a la vista ordinariamente que una calavera es tal después de la carne, nunca antes. Pero cuando una calavera te habla con tranquilidad y no sabes si te cuenta sus penas o sus alegrías, ya que las calaveras conocen ambas situaciones emocionales, tienes al menos que escucharla. Yo insistí. Una calavera es lo que queda tras haberse eliminado la piel, perdidos los ojos, desechos los músculos y los tendones, fugado el cabello y aniquilado las ternillas. Sí, sí, me respondió ella mientras ambos tomábamos unos vasos de mezcal. Eso me dicen las calaveras que han tenido una cara. Pero lo mío, una de dos, o es una mala ventura o se trata de algo que aún tengo pendiente de experimentar. Deja la puerta abierta a las posibilidades, le dije para animarla. Aunque ella no estaba deprimida en absoluto porque para estar desanimado hay que tener una referencia anterior que luego se pierde. Y, como si adivinara mi pensamiento, la calavera insistió con voz prudente: yo no sé qué es perder, porque tampoco sé qué es tener. Nací calavera, me mantengo calavera, moriré calavera. Entonces me di cuenta de que su papel era como el del reflejo en un arroyo manso o como la reproducción en un cristal. Que estaba puesta ahí para que cada viajero de la vida se contemplara en ella o como el fogonazo de una foto instantánea no del pasado sino del futuro. A uno le cuesta imaginarse como tú, aunque se adelgace hasta extremos que solo la vejez depara, le dije. Pero la calavera sonrió sombría, como era su costumbre. ¿A que te has dado cuenta de que soy tu viva imagen?, me soltó al despedirnos.




(Ilustración de Artemio Rodríguez)


martes, 31 de octubre de 2017

57. El pez híbrido




A aquel pez le habían contado que en el mundo de las palmípedas existía el patito feo. Pero aunque veía desde su mirada sumergida en el estanque el chapoteo de cisnes, patos, gansos y otros moradores de superficie, no llegaba a comprender cómo podía haber fealdad en medio de tanta belleza. Él mismo no se consideraba feo, sino solamente raro. Y no raro únicamente por la disposición bipolar de su cuerpo, que alejaba a la mayoría de los otros peces, sino porque se consideraba ingenuamente superior a ellos. Se desplazaba sometido a dos posibilidades. Podía caminar sobre el fondo y cuando se cansaba se dejaba conducir a través de la inercia refleja de las aletas. Era uno de esos seres híbridos extraordinarios que acumulan más propiedades que los animales comunes, pero que son poco entendidos por cuantos les rodean. Sin embargo su condición aparentemente ventajosa no era práctica. Si los demás peces nadaban a él le costaba seguir su ritmo. Y si él pretendía caminar no era seguido por aquellos que no estaban provistos del apoyo de unas extremidades. Vivía en una situación que le volvía no solo incomprendido sino solitario y marginado. Pero contra el destino nada podía hacer. 

Jugador, la ventaja no siempre es favorable. Los medios de que se dispone no garantizan el futuro. Cuida los recursos con los que te ha dotado la naturaleza y echa el dado antes de que te invada el desasosiego.



(Ilustración de Artemio Rodríguez) 


domingo, 29 de octubre de 2017

56. El brujo y el hombre desdichado




Casi todo el mundo recurría al brujo para cualquier cosa, menos un hombre cuya vida acumulaba más desdichas que el resto de sus vecinos. Tú que lo necesitas más que nadie ¿por qué no acudes a él? le decían. Para qué voy a ir, respondía, si lo que viene mal dado no tiene cura, por mucho que lo intente. Lo que nadie sabía era que las desgracias que se cebaban en aquel hombre se las había traspasado el brujo.

Había un pacto secreto entre el brujo y el hombre desdichado. Tú sobrellevas las cargas que yo vaya quitando a los vecinos que vienen a verme, le propuso el brujo, y a cambio hago lo posible por que tu vida sea larga. El hombre había aceptado el ofrecimiento, pensando que vivir por vivir siempre es un aliciente, aunque le sucedan las cosas más inesperadas y calamitosas. Cuando las cargas que le iban cayendo eran livianas, del tipo de una deslealtad conyugal, el hombre lo soportaba bien. Nadie debe padecer sino lo justo por la intromisión de un hombre o una mujer nuevos en la vida del otro. No hay que ver gravedad en esa clase de asunto, hay situaciones más desventuradas. Pero cuando un mal de salud que padeciera algún vecino le era trasladado a él a través de la acción del brujo, el hombre del pacto no levantaba cabeza, se recluía en su casa, blasfemaba todo el rato y sentía la opresión y la agudeza del mal como el mismo vecino al que el brujo había aliviado. Solo desaparecía en él aquella situación cuando el vecino enfermo se moría, porque el brujo sustraía los efectos de la enfermedad, pero no la reducía a cero. No tenía poder sobre la muerte. 

Cierto día el hombre desdichado sintió una opresión que le recorría de pies a cabeza, sin saber si era consecuencia del deterioro de sus órganos o malestar de sus emociones. Si se tocaba en alguna zona intermedia se producía una mezcla de dolor y de angustia que iba en aumento. Si alejaba sus manos del cuerpo le parecía que perdía la sensibilidad. Si se detenía un rato no era capaz de ponerse en marcha de nuevo. Cuando recurría al pensamiento para poner en orden sus días percibía un vacío, como si su mente se hubiera desalojado de todo tipo de recursos. No entendía que pudiera cronificar tantos padecimientos a la vez. Puesto que se sabía mantenedor de un convenio con el brujo se reunió con él para indagar si se trataba de un mal delegado desde otra persona o era algo incubado por él mismo. El brujo, sorprendido, le dijo que precisamente los últimos días no había acudido nadie a consultarle y que no sabía qué decirle. Entonces el brujo temió que el hombre desgraciado hubiera iniciado el camino de la muerte y se sintió benévolo. No puedo permitir que además de lo que le ocurre, discurrió para sí, se ceben en él nuevas preocupaciones o enfermedades de otras gentes. Te exonero del pacto que hicimos, le dijo al hombre. No te aseguro una vejez larga pero al menos dejarás de verte afectado por dolencias y perversiones que no sean las tuyas propias. Al pronto, el hombre que había hecho con el brujo aquel extraño pacto sintió que recuperaba su bienestar anterior, no obstante el desgaste de los años. Ahora podré venir a visitarle libremente si algo me va mal, le comentó al brujo. Ven cuando quieras, le respondió éste, pero no te garantizo que la desgracia que traigas contigo se la pueda cargar a otro. No importa, dijo el hombre, he estado tan agobiado de cargar con los problemas ajenos que el cuerpo me pide sentir los propios. Así veré la diferencia.

Este pobre hombre no sabe que no hay grandes diferencias en el dolor y la angustia de los hombres, pensó el brujo. Y esbozó una sonrisa ácida mientras su antiguo aliado se daba la vuelta.



(Ilustración de Artemio Rodríguez)


sábado, 28 de octubre de 2017

55. El hombre de las espinas




¿Quién dijo que la vida era un camino espinoso? Aquel hombre que vivió tantos años en el pedregal siempre había dicho que no era árido el suelo sino fértil. Se convirtió en abanderado del paisaje. Recorría toda su superficie de sol a sol, se alimentaba de la raíz tierna a la que solamente él sabía llegar, se echaba la siesta a la sombra de un cactus gigante, inspeccionaba cada planta, registraba cada especie, cuantificaba las crecidas y las que iban naciendo. No había secretos para él y la amplia familia de cactáceas se le entregaban con sumo placer. Biznagas, cactus, echeverias, nopales, chumberas, nada se le resistía en su afán por reconocer la belleza que perseguía no solo en su porte sino en su configuración oculta. Cuando las aves que todo lo supervisan y catan se le acercaban solían mantenerse en la prudente y reconocida distancia que un rey exige del mundo que le rodea. Si acechaba una tormenta buscaba el saliente de una roca, se empequeñecía como un lagarto y permanecía a la espera de que capease la llovizna. 

Al empezar a hablarse en la región de aquella especie de hombre cactus hubo personas que intentaron localizarlo. Las plantas le ponían en aviso si se acercaba algún explorador y él se transformaba acoplándose a la planta que tuviera a su alcance. Cuantos le buscaron regresaron sin información de su existencia real, pero la gente siguió comentando. Puesto que lo que los hombres no llegan a ver lo traducen en leyenda o rumor los habitantes de las zonas desérticas restaron importancia a la supuesta existencia de aquel ser híbrido y especial. No obstante, las madres lo utilizaban de excusa para impedir que los niños, incluso los adolescentes, se alejaran en exceso de su aldea. No vayas más allá de la linde del pueblo, les decían, puedes convertirte en un hombre de las espinas. Sin embargo hubo casos de jóvenes, anhelantes de aventuras y prosperidad, que se aventuraron. Nunca volvieron. De ellos se contaba que el hombre espinoso les había capturado o que las cactáceas les habían clavado sus afiladas garras para nutrirse con sus humores núbiles. Cuando en una ocasión una madre que ya se había olvidado del hijo recibió una carta desde New York pensó que era una broma. Ni se inmutó.




(Ilustración de Artemio Rodríguez)



viernes, 27 de octubre de 2017

54. Apresuramiento




Cuanto más cerca estás de la meta más quieres correr. ¿Sirve de algo tanta presura? ¿Tanto te obsesiona la llegada? ¿Acaso no has entendido todavía que cuando llegues será el fin? ¿Crees que llegar te hará vencedor, si bien es obvio que el tiempo es el que nos vence? Dirás: pero es el juego lo que nos atrae. En ese caso, repítelo cuantas veces desees, y no temas los obstáculos ni los fantasmas ni los monstruos ni los hombres que encarnan la dificultad. Al fin y al cabo también se pueden superar, pero no olvides jamás que la última casilla del juego es el misterio de la nada, donde tus fantasías se disolverán.



(Ilustración de Artemio Rodríguez)


miércoles, 25 de octubre de 2017

53. Los matemáticos sofistas




En la disputa bizantina que mantuvieron dos matemáticos ambos coincidieron en la cifra mediada, no en el total. Así uno decía que tres era la mitad de seis y el otro que seis era el doble de tres. Éste segundo matemático insistía: además mi teoría es creciente mientras la tuya es disminuyente. Pero desde el valor de la cifra abstracta eso no cuenta, le respondía el otro. Pero desde la aplicación concreta es revolucionaria. Mira la Bolsa. También es regresiva, aseveró el matemático opuesto, y ello cuenta gravemente en el parqué.  Con ello pretendían demostrar que una operación no desbarata por sí misma el valor de la cifra. Tan pretendidamente ardua conclusión dejaba en evidencia a cada una de las dos partes en litigio por separado, pero si se tenían en cuenta la una a la otra la capacidad operativa satisfacía a ambas. La solución o, mejor dicho, la decisión se la ofreció el perro. Soy de cada uno de vosotros, les dijo, pero porque ambos me compartís. Ni me podéis partir por la mitad y quedaros cada uno con una parte, porque ya no sería perro, sino destrozo en descomposición, ni yo voy a optar ni por el más guapo ni por el más feo. Desde ese día los dos matemáticos decidieron trabajar juntos. Sólo se separaban para hacer funcionar sus cerebros, pero las conclusiones que iban obteniendo uno se las regalaba a otro. Siempre se me han dado bien las matemáticas, y no las he aprendido precisamente de estos hombres, pensó el perro dando saltos y moviendo el rabo con alegría.

No anheles, jugador, por las buenas que te salga un punto determinado que hayas calculado que te puede permitir ganar, pues la matemática del azar suele ser más exacta que tu deseo.



(Ilustración de Artemio Rodríguez)
   

lunes, 23 de octubre de 2017

52. El penado, los nobles y el abad



A veces la bondad se encarcela. Y la belleza también, dijo el abad rebelde de Saint-Martin des Conques Braves en la ceremonia de la Pascua. A nadie se le ocurriría decir que en las prisiones están los buenos. Pero ¿quién nos dice que a pesar del acto que ha llevado a un hombre a penar no se trata de un ser que ama cuanto roza la belleza? ¿Es el acto delictivo que ha cometido lo que invalida su personalidad sensible? ¿Cómo puede condenarse a un individuo también a no reconocerle el interés que pudo tener por la estética, el aprecio por los seres humanos necesitados y su gesto generoso y amable con los vecinos? 

El templo permaneció mudo. En las primeras filas de la iglesia, donde se sientan ordinariamente los privilegiados, se suscitaron algunos murmullos roncos. Aquellas preguntas del abad dolieron a la congregación de fieles que no ignoraban que uno de los vecinos de la comarca, el joven Philippe de la Haine, apodado Dangereux, había dado muerte en un acto de venganza al noble Michel Antoine de la Bretagne, conde de Nantes. No es verdad que dolieran a todos los asistentes a la Pascua, sino más bien a la familia allegada del difunto, a los otros nobles del reino y a los siervos dependientes de él, por la cuenta que les tenía. El abad continuó con tono vigoroso. No temáis, hermanos míos, mi hermosa grey de creyentes, no voy a exonerar del crimen al joven Philippe, pero sí quiero dejar a salvo su capacidad de entrega a la comunidad y su especial y exquisito gusto por cuanto en esta vida suscita admiración, contemplación y amor. Si la ley ha decidido su condena ¿quién soy yo para oponerme? Los nobles y altos clérigos de la región se relajaron en sus solios. Varios afirmaron con la cabeza alegrándose de que el abad de Saint-Martin des Conques Braves, no obstante su fama conflictiva con la autoridad civil, admitiera no solo los hechos sino que se inclinara ante el creciente poder de los nobles y del rey.

Rezaré por el joven reo, y se postró de rodillas, actitud que alarmó a los nobles más avisados. Y entonces su voz tronó. Oraré no solo por él sino por todos vosotros, que sois potencialmente culpables de delinquir unos, delincuentes manifiestos otros, aunque nunca se os aplicará la ley, asesinos manchados de sangre varios más, ladrones de bienes de los humildes y cómplices del mal la mayoría. Mirad que no digo fríamente que sois pecadores, algo que sería inocuo, y cuyo sentido apenas nos aflige a nadie hoy día. Suplicaré, y acabó echado sobre la lápida de la tumba del anterior abad, en el presbiterio, no para que os salvéis, porque sé de sobra que eso es imposible, sino para que os condenéis en esta vida.

La treintena de nobles que escucharon atónitos las palabras del abad se levantaron al unísono, produciéndose un ruido considerable de movimiento de cuerpos desplazados, sitiales corridos y espadas desenfundadas. 

A estas alturas de nuestro siglo moderno aún no se decide Roma a incorporar al santoral la figura de aquel abad. No obstante hay gente de la zona que desde antiguo recuerda y reza -¿qué es una plegaria sino un bello recuerdo?- al que llaman el Santo Abad. A secas, por si acaso.



(Ilustración de Artemio Rodríguez)


viernes, 20 de octubre de 2017

51. El rugido de la fiera y el lord inglés




Según un viejo cuento oral de los Ao Lai, que habitaron la región thai bañada por el Mekong,  los tigres de las zonas más profundas de la manigua manifestaban una extraña relación con los fenómenos naturales. Así, cuando se desataba una tormenta los animales se mostraban primero cohibidos, buscando refugio, a veces inútilmente, para luego enloquecer en apariencia y a continuación ponerse a dar furibundos rugidos a diestro y siniestro. La leyenda aclara, o es su interpretación, que los animales se crecían con un instinto inteligente, casi racional, plantando cara a los truenos y a los relámpagos con su voz estruendosa, dirigiendo zarpazos al aire y en ocasiones agitando los troncos de aquellos árboles más débiles, a los que desgajaban su corteza. Que no se cruzara entonces en su camino de mal humor ningún otro bicho de la selva porque, si bien se respetaban territorios, la circunstancia del temporal provocaba que cualquier otra especie fuera vista por los tigres como componente de la furia desatada del cielo. 

Los depredadores humanos que trataban de hacerse con las piezas más valiosas de tigres para su cautividad o para exponer la piel en las mansiones lujosas de la metrópoli colonial, procuraban ponerse a salvo ante la proximidad de una tormenta. Uno de aquellos cazadores, el orgulloso británico Lord Edward James, bien inducido por el whisky de la noche o por la chulería propia de quien se sabe con buenas rentas en su país de origen decidió salir en busca del animal en un amanecer que alboreó calmo y que acabó cubriéndose de nubes amenazantes. Se despistó a propósito del resto de la expedición y se arriesgó a emprender la aventura en solitario para mayor gloria de su narración futura entre las gentes de la buena sociedad londinense. 

Permaneció desaparecido cuatro días. Todos le daban por muerto, cuando un thai de la zona lo halló desnudo, con el cuerpo magullado, la cabellera desigual, la barba crecida, dando saltos sobre el suelo cargado de humedad. No serían sino huellas consecuentes y normales de haber pasado a la intemperie tantas horas, si no hubiera sido que el bueno de Lord Edward James no paraba de emitir rugidos, golpear su cabeza contra los troncos y dar manotazos por doquier, mientras danzaba frenético. Tuvieron que atraparle con una red, como a los animales más salvajes. Cuando le preguntaban qué le había pasado, dónde había estado o qué había visto, él solo respondía con rugidos de mayor tono y con gestos desesperados de alta intensidad.

Lord Edward James estuvo internado en un hospital importante de Pattaya. Cuentan que se repuso de los desperfectos visibles de su cuerpo, que logró hablar normalmente y cuando fue dado de alta no se advertía muestra alguna de su metamorfosis anterior. Salvo en una circunstancia. Bajo ningún concepto debía permanecer en el lugar donde se produjera una tormenta. Por lo que siempre tuvo un vehículo a su disposición, dispuesto a ponerse en marcha y huir de la cruel naturaleza. Los malintencionados comentaban en el Parlamento del Imperio que un tigre se había apoderado de él, como experimento para adentrarse en el mundo de los humanos.

Si caes en esta casilla, jugador de la Oca de Artemio, y observas que viene un frente nuboso inquietante no demores tu partida. Salvo que prefieras arriesgar tu palabra por el rugido.



(Ilustración de Artemio Rodríguez)




miércoles, 18 de octubre de 2017

50. De ave en ave (cuento erótico)




De ave en ave y tiro porque usted sabe. O debería saber, aunque la apuesta vital se oculta entre una cierta previsión y una rotunda conclusión, no se engañe, mon ami. Eso le dijo Madame La Mauvemaison a su último amor de provecho mientras ambos reposaban de sus ardientes ejercicios de pasión. Las aves incitan a vuelos terrestres con solo admirar su despliegue sobre nuestras cabezas. Y como  requería su estado de satisfacción al borde de otro de solicitación que le proporcionaba un tiempo para recuperarse, siguió hablando. De ahí suele decirse que vuela con la imaginación o voló demasiado alto si lo que pretendió realizar era excesivo y no lograba el objetivo o simplemente se dice vuela de una vez a quien se considera inmóvil o se habla del vuelo de las ideas o de cómo voló el dinero...Los vuelos de los pájaros proporcionan coartadas expresivas acertó a decir, en un alarde de demostración retórica, Monsieur de La Banque, potentado venido a menos desde que abandonó a su mujer, absorbido por la joven dama de aquella corte caduca y en riesgo de Luis XVI. Contigo me siento volar, le dijo la atractiva amante al enloquecido y galante varón observando si éste se recuperaba del desenfreno. A él le supo a gloria aquella frase, si bien ignoraba que anteriormente Madame La Mauvemaison la había practicado en su elegante lengua con otros caballeros, lacayos, sirvientes y criados de cuadra. ¿Me estás sugiriendo, querida, que deseas volar de nuevo?, insistió el incauto amante. Pero en aquel momento la puerta de la chambre se estaba abriendo y la dulce e inexperta Martine se asomaba y pedía disculpas mientras su faz sonrosada y su busto remarcado eran una provocación para los amantes del desastre del fin de la historia.



(Ilustración de Artemio Rodríguez) 

lunes, 16 de octubre de 2017

49. Albricias




Diríase que es el hombre triunfante. Aunque no lo es. Acaba de descubrir que para vivir ha nacido y acaso no está tan lejos de adoptar el disfraz que su condición social le exija. El hombre que se cree triunfante salta, da gritos discordes, ríe y llora alternativamente de emoción. Agita sus extremidades, con unas impulsa la velocidad del cuerpo, con las otras acompasa el ritmo. Su cuerpo entero es una exhibición a través de la cual va distinguiendo su propiedad principal: el ego. Su cabeza no da de sí todo lo que se espera de la cabeza de un hombre triunfante. De hecho, aún no le concede sino la apariencia de que algo situado sobre los hombros pretende regir una carrera indeterminada. El ego ya trabaja antes de que se edifique dentro de su testa el resto. Eso que los otros vivientes llaman la razón, el pensamiento lógico, el discurso, la causalidad y los efectos varios que se irá encontrando en su carrera cotidiana, entre otros conceptos. Así que el ego va sabiendo de alegrías pero también de disparates, de placeres instintivos pero también de dolores inesperados, de admisiones pero también de repulsiones. Por supuesto, el ego ya es suficientemente intenso como para desdeñar lo que no le gusta y para afianzarse en la dulzura del aire que respira a todas horas. Late el engaño, como suele suceder en todos los hombres, y no solo en el triunfante. Pensar que siempre va a ser así, que siempre va a vivir porque para eso nació. Si su clamor de guerra es ¡Albricias! dejémosle que disfrute. Hay algo que le disculpa de su pose soberbia. Su victoria de hombre naciente y triunfante no es todavía una victoria sobre otros o a costa de otros. En todo caso lo es sobre la naturaleza del vacío de donde proviene o sobre la capacidad de resistencia al territorio que llega. ¡Albricias!, hombre triunfante. Aprovecha ahora que no sospechas de lo que es  capaz la conjunción de los astros.



(Ilustración de Artemio Rodríguez)


sábado, 14 de octubre de 2017

48. El vuelo efímero




La idea fugaz tiene cuerpo escurridizo y alas que baten para un vuelo corto. La idea fugaz no va a establecer jamás un argumento ni a construir un relato. Su vida efímera la convierte en algo casi imperceptible. Pero si la idea pasajera sabes cogerla al vuelo, si algo de su belleza intrínseca te roza, tal vez sea algo más que un apunte. Hay ideas fugaces que son ciegas, otras apenas atisban una luz, otras, en fin, reclaman tu atención. Entonces retén su existencia un tiempo más. No dejes que se escurra de tus manos antes de que alguna palabra suya revele que está preñada de más palabras. Porque esa idea en tránsito, urgente, sorpresiva vuela sobre palabra y se nutre de otras palabras. Mantenla cerca lo justo y mira dentro de su vientre. Si te ofrece sus criaturas no dudes en adoptarlas. Luego, quieras o no, la idea fugaz se habrá diluido y tú deberás compensar a sus frutos. Así empieza la fuerza de una narración, dijo el anciano Abu-Al'sma-Wuhad a su nieto mientras le enseñaba a leer. ¿Y si la idea fugaz no llega o no me da tiempo a cogerla?, le respondió el niño. El anciano no dudó. A una idea fugaz siempre sucede otra, acaso no tan rápida. Y quién sabe si esa no será más rica.

¿Por qué te quedas ahí pasmado, jugador, si la idea no va a esperarte a ti? Prueba a volar como ella.



(Ilustración de Artemio Rodríguez) 

miércoles, 11 de octubre de 2017

47. El báculo




En la Suma Escuela de los Camaleones el Gran Maestro respondía las preguntas y aclaraba las dudas de los alumnos. ¿Cuál es el mejor color que debemos adoptar?, preguntaba el de la primera fila. El color que tengas más cercano, respondía el maestro. ¿Cómo debemos permanecer ante el peligro?, inquiría uno de más atrás. Con la misma actitud que tenga el peligro, dictaba el cátedro. ¿Qué cuerpo pondremos cuando otros cuerpos se aproximen a nosotros?, preguntó una camaleona. Observad ese cuerpo lo más meticulosamente posible y sed como él. Alzó la mano el alumno más torpe. Si nos cerca un animal agresivo, que no para y se agita constantemente, ¿debemos hacer lo  que hace él? No, dijo el enseñante, en ese instante aparentad que no estáis y os dejará por imposible. ¿Siempre saldremos airosos en cualquier circunstancia, maestro?, preguntó el más crítico, el que tenía fama de incordiar a la clase. Todos permanecieron atentos, esperando una solución que les confirmara seguridad. Siempre que obréis como camaleones pero sin que otros adviertan que lo sois, pontificó la autoridad. 

Entonces el Gran Maestro de la Suma Escuela de los Camaleones, acuciado por el esfuerzo de tener que explicar lo que la naturaleza otorga sin razonamientos, enderezó el cuerpo sobre su propio báculo y ante los ojos de sus alumnos se hizo invisible.



(Ilustración de Artemio Rodríguez)


domingo, 8 de octubre de 2017

46. La vorágine




En el reino de la humedad todo es un flujo constante, que no cesa. Mil especies se disputan la luz oblicua y otras mil sortean con diferente orientación las tinieblas. Hay peces de luz alta o media  y peces de la oscuridad más absoluta. No acaba de saberse cuántos son los que habitan las latitudes del silencio. Allá abajo la norma es la vorágine. Y el orden sigue unas premisas que en otros reinos no podrían comprenderse. También se sabe que unos peces se disfrazan de otros peces. Que hay peces que crecen y disminuyen para sortear los peligros. Que los hay que se revisten de coral o de roca para pasar desapercibidos. Que las algas juegan a desviar la marcha ya de por sí nerviosa e imparable de la barahúnda queda. Que las cavernas absorben y vomitan infinidad de especies como si un mago las sacara de su chistera. Que cada ciclo de equis años nuevas especies se hacen presentes mientras otras desaparecen. La belleza de los océanos fue la misma antes de la aparición del hombre y seguirá siendo aún más hermosa si cabe cuando desaparezca la especie que camina erecta sobre la tierra. Entonces, no serán ni más ni menos felices los habitantes de las profundidades de la humedad, pues tampoco sería de extrañar que apareciera una dominante entre todos ellos y les hicieran la vida, si no imposible, bastante limitada.

Sé pez por un rato mientras tu puño agita el dado. Luego suelta éste de un brinco para que no te pierdas en las dimensiones abisales desconocidas.



(Ilustración de Artemio Rodríguez)


sábado, 7 de octubre de 2017

45. Los de mirada torva




Hay individuos cuya mirada resulta inquietante, asustadiza. Te escudriñan, esperan fríamente tu reacción, adoptan un aire de superioridad, se expresan desde un pedestal, exigen sumisión a sus palabras. Si dices algo, te fuerzan a callar con nuevo verbo altivo. Si callas, exigen con arrogancia que les des la razón. Si disientes, incluso con recato, te hacen de menos y se ríen en tus narices. Si afirmas sus opiniones, te piden que les concedas más aquiescencia. Son como aves siniestras que a veces te encuentras por el camino pero que de verlas venir las evitas. 

Yo que tú, jugador, no me fiaría de la mirada torva de este nuevo pájaro que Artemio ha puesto a volar mientras persigues la jugada definitiva.



(Ilustración de Artemio Rodríguez)