Te retraes por prudencia innata, no por miedo. Aunque, ¿hay temple que pretenda ser cauto si no es porque acecha algún tipo de desconfianza? Lo conocido puede obligar a ponerse en guardia. Cuanto se ignora suscita mayor alarma. De manera instintiva tienes que decidir una actitud a dos bandas. Será siempre así. Pero tu mañana ¿no lo vas dibujando con mejor o peor suerte ahora? No eres de las que echan a los dados una manera de reaccionar o simplemente de estar. Esperas a que los otros tomen posiciones para adecuarte a ellas. No es un muro lo que levantas, sino un territorio neutral, medido, discreto.
viernes, 29 de marzo de 2019
martes, 26 de marzo de 2019
A través del lienzo. 6
¿Cuándo decides contarnos de lo que te ofrece la mirada? Tus labios enarcan un conato de voz. Dudan sobre el momento de intervenir. No les gusta despegarse cuando te preguntan con atosigamiento, menos cuando se te exige. Vas advirtiendo que solo anhelas establecer comunicación con quienes se ofrecen a sí mismos primero. Por qué temes las preguntas directas. Por qué no te convencen las palabras que llegan precedidas de sonrisas falsas. Por qué sospechas de quienes abren la boca para emitir sonidos insulsos. Tanta intuición se deduce de tu mirada previa. Una mirada no siempre ocular. Espectadora, expectante.
jueves, 21 de marzo de 2019
A través del lienzo. 5
Tus ojos hablan al espejo. Observan, cuestionan, incitan, se extienden, se relajan. ¿Qué habrá más allá de la mirada? Tu pregunta es presente y miras con cierta oblicuidad buscando la bola de cristal que no existe. Cómo seré, qué paisaje contemplaré, qué obligaciones me esperan, qué creencias me moldearán, qué otros ojos se clavarán en los míos. En el esfuerzo por abrir el ojo de par en par pretendes poseer una llave que te abra las puertas del futuro. Pero no tienes prisa. Pero no te urjas. Tu mirada será fiel al pasado y dubitativa con lo que vaya llegando. Pero es tuya.
sábado, 16 de marzo de 2019
A través del lienzo. 4
Juegas a inflar la carnosidad de tu rostro ovalado. Cuántas desfiguraciones, ficticias y también obligadas, no tendrás que adoptar a lo largo de los años venideros. Primero crees que se trata de un simple ejercicio de verte como no eres. Una hinchazón provocada que acrecienta tus carrillos, que dobla las líneas de los labios, que achina las almendras de tus ojos. Haces permanecer la seriedad, no obstante. Esa actitud secreta y reflexiva, tan tuya, es lo único que no puedes modificar ni ante el espejo. Será tu aliada o acaso la ausencia de máscara que te traicionará.
miércoles, 13 de marzo de 2019
A través del lienzo. 3
¿Sabes que mientras haces muecas ante el espejo yo también las hago? Las muecas son un lenguaje único. Instintivo, incontrolable, burlón. Para ti, más libre que el verbal, que es más arriesgado. De hecho vas dominando esas alternancias de tu rostro, esos guiños a la que hay en este otro lado. Algún día dirás: aprendí a hablar a través de las muecas. Yo, que casi las tengo olvidadas, pensaba del mismo modo. Pero tú no tengas prisa. Reserva para tu intimidad ese diálogo de mohines que otros no entenderían.
domingo, 10 de marzo de 2019
A través del lienzo. 2
¿Es tu tibia voz, el desgarbado caminar o el imperceptible y lento ejercicio cuando tomas con tus manos un objeto lo que me admira? ¿Es la inquietante atención que prestas a los sonidos de la naturaleza lo que me asombra? ¿Es tu desdén por otras voces y la despreocupación por ajenos ruidos lo que provoca mi observación cautelosa? Hija del silencio debes ser. Tal sigilo ansío para mí, cansado del griterío de los días, hastiado de las confusiones, desvalido por las pérdidas. ¿Me castigo o me premio cuando te miro, huidizo, desde el ángulo roto de mi retina?
viernes, 8 de marzo de 2019
A través del lienzo
No sabes que estoy detrás de la cortina. Agazapado observo tu mirada extraviada. Apenas nacen los días blancos para ti. Mientras, mi vista agotada se esfuerza por sacar tu imagen de la perspectiva distorsionada que se me da a alcanzar. Nada debes temer. No soy de ese tiempo ni de ese lugar. No vengo a enseñar ni a poseer. Estoy a este lado del lienzo. Pero tú me llamas.
martes, 9 de enero de 2018
De oca a oca y aclarando que es gerundio
Ha habido algunos visitantes del blog que me han pedido que incluya una vista general aproximada del Juego de la Oca de Artemio Rodríguez. Lo hago con gusto. Para poder verlo con comodidad y cierto detalle sugiero que se haga clic sobre la imagen. Por supuesto, la leyenda que incluye el dibujante no es la que Jean ha imaginado y fantaseado por libre. Disculpas por no haber colgado antes esta fotografía.
domingo, 12 de noviembre de 2017
y 63. El último dado
Bien, jugador, ya has llegado a la tierra prometida. ¿O es el paraíso perdido? ¿O se trata del jardín de las delicias? ¿O solamente y sin pretensiones mayores a la parcela soñada? Mira que digo que has llegado, no que has ganado, pues salvo que consideres la carrera como una competición contigo mismo o contra ti o a pesar de ti (las variaciones son muchas) lo que es seguro es que si perseveras en la existencia sin rajarte habrás alcanzado alguna clase de fantasía que te compense.
El último dado te ha colocado en la casilla idónea y te has librado del castigo de iniciar de nuevo la partida. Porque no deseas emprenderla de nuevo, ¿verdad? Al menos no con las mismas trampas, condenas, falsas promesas y golpes quebradizos sobre tu cuerpo, ¿no es así? Pero ¿quién puede elegir el juego considerándose a salvo de lo que son las manifestaciones de la materia de que estamos hechos los humanos? Y sin embargo, un alma lúdica te impulsa, nos impulsa a todos, a volver a intentar contra reloj el juego para evitar las pérdidas, saltar sobre los abismos, alcanzar lo que no conocimos, desprendernos de las maldades, asegurarnos briznas de bienestar que se van desgajando de nuestra piel.
Míralo como quieras. El Juego de la Oca de Artemio Rodríguez te hizo simular múltiples posibilidades, jugador. Fácil que seas el que corre a la vera de la gran bocanada energética del cráter o el que se apoya a la sombra del árbol de la sabiduría. ¿Todo acabó, que diría el poeta? El juego está abierto, que vocea el crupier.
El último dado te ha colocado en la casilla idónea y te has librado del castigo de iniciar de nuevo la partida. Porque no deseas emprenderla de nuevo, ¿verdad? Al menos no con las mismas trampas, condenas, falsas promesas y golpes quebradizos sobre tu cuerpo, ¿no es así? Pero ¿quién puede elegir el juego considerándose a salvo de lo que son las manifestaciones de la materia de que estamos hechos los humanos? Y sin embargo, un alma lúdica te impulsa, nos impulsa a todos, a volver a intentar contra reloj el juego para evitar las pérdidas, saltar sobre los abismos, alcanzar lo que no conocimos, desprendernos de las maldades, asegurarnos briznas de bienestar que se van desgajando de nuestra piel.
Míralo como quieras. El Juego de la Oca de Artemio Rodríguez te hizo simular múltiples posibilidades, jugador. Fácil que seas el que corre a la vera de la gran bocanada energética del cráter o el que se apoya a la sombra del árbol de la sabiduría. ¿Todo acabó, que diría el poeta? El juego está abierto, que vocea el crupier.
(Ilustración de Artemio Rodríguez)
sábado, 11 de noviembre de 2017
62. El fabuloso pez serpiente dragón
En una de sus múltiples manifestaciones el pez serpiente dragón emerge una y otra vez para intentar que se abran las puertas del paraíso. Este ente nunca habita más allá del umbral. Salpica las olas de los acantilados, azuzando la movilidad permanente del universo, pues el edén está rodeado de inaccesibles roquedales. Se desliza entre las piedras más profundas e íntimas, manteniendo el don de la sabiduría, sin traspasar jamás los cimientos de la ciudad deseada. Intenta alzarse ardoroso y esbelto por encima de los muros del jardín prometido, convirtiendo en calor el aire frío, pero a cada palmo que su cabeza levanta el muro de ilusiones de la otra parte se erige más alto. El ser trinitario dispone de todos los elementos de la naturaleza menos uno, del cual siempre se habla y nunca fue hallado, el de la felicidad. Las leyendas dicen que esta es la vida ordinaria en el territorio a alcanzar, sin que se sepa de nadie que haya logrado habitarlo.
El fabuloso monstruo de las tres propiedades que son trescientas o trescientas mil, a medida que desarrolla sus facultades, atiende a los innumerables hombres que insisten una y otra vez en su empeño de ir más allá del cerco de las ensoñaciones. No habiendo testimonio alguno de que individuos del suelo terrenal hayan conocido la felicidad el pez serpiente dragón se muestra benévolo y consolador con cuanto humano llega hasta él en medio de súplicas. Hago todo lo que puedo, dice el pez serpiente dragón a los perdidos humanos, pero mis habilidades y recursos terminan siempre a la orilla del anhelo. Lo único que puedo procurar por vosotros, les dice, es que algún día seáis como yo.
(Ilustración de Artemio Rodríguez)
miércoles, 8 de noviembre de 2017
61. ¡Así que esta fue la carrera!
En el sprint próximo a la meta un ángel oportunista le propone al ciclista una trampa. Para que llegue cuanto antes. Te empujo sin que nos vea nadie y, a cambio, me reconoces como cómplice. Pero el dorsal sudoroso, ajado y casi esquelético no lo acepta. ¿Por qué tanta prisa por terminar la carrera? Tal vez no es urgencia sino solamente cansancio. Y sentido de cumplir la misión en la que se embarcó sin proponérselo, porque le embarcaron. Y la modesta satisfacción que, no obstante, para cada corredor tiene un significado elevado. Llegar al final, sin haberse retirado de manera precipitada en una etapa, sin descalabros que le descalificasen, sin apartarse del recorrido marcado por la organización biológica es todo un triunfo. Entonces, restando importancia al ángel que, cual espectador espontáneo salió a dar un empujón al atleta, pero al que no debe el esfuerzo del aliento último, el corredor alza las manos. Victoria por haber corrido. Victoria por haber resistido. Victoria por haber superado la gymkana. Victoria por demostrar que lo pequeño hace lo grande. Victoria por descubrir que el misterio no era otra cosa sino la pista por la que deslicé mi vida, piensa.
Una dosis de escepticismo y perplejidad últimos hace que el corredor exclame al borde del abandono justo y definitivo: ¡Así que esta fue la carrera!
(Ilustración de Artemio Rodríguez)
martes, 7 de noviembre de 2017
60. Ella, la única
Ella está siempre allí. Caminante que llega, caminante al que da la bienvenida con alegría. Viajero que se va, viajero que es despedido con agradecimiento. ¿Y el individuo que se queda? Es atendido con toda la cortesía y condescendencia que se merece. No se trata de una imagen estática ni de un reclamo publicitario. Ella es lo que cada transeúnte quiera que sea. Si éste pide con bondad, ella concede. Si exige con malas formas, ella da margen para que corrija. Si anda perdido, ella le propone direcciones para que se oriente. Si vive en una nube de euforia, ella le pone en el suelo con amabilidad. Si le invade la bilis del odio, ella le proporciona un bálsamo. Si no ve, ella hace de lazarillo. Si está privado de amor, ella le envuelve en ternura. Si flaquea, ella le recompone. Si se hastía, ella le conduce al otro lado del lago. Ella está siempre allí. Lo que cada uno quiera que esté.
Jugador, juega con placer y satisfacción todos tus años, y procura hacerlos buenos, pues la única contrapartida que ella te reclama es que la disfrutes. No hay otra vida, sino ella.
(Ilustración de Artemio Rodríguez)
domingo, 5 de noviembre de 2017
59. El vuelo ausente
El vuelo de las aves pacíficas se efectúa lejos del volcán. En las laderas de éste no hay vegetación y los pájaros la necesitan para sus quehaceres domésticos. La vida de los hombres se desliza entre el curso del fuego oculto y sus manifestaciones incontroladas. Como algo ajeno a las fuerzas secretas e inesperadas los hombres labran el cotidiano mensaje de bienestar con sus manos y su talento. Hasta que un día una erupción o un temblor intenso o una invasión de otros hombres desde la parte del mar o atravesando lo que que consideraban cordillera inaccesible da al traste con tanto esfuerzo y, sobre todo, con la aparente seguridad que se había instalado en sus ciudades y territorios. Entonces el vuelo amable de las aves y el dibujo de su enfilamiento, como de danza, en el cielo desaparece. La enseña de los tiempos de paz deja de ser la compañía tranquila y ensoñadora de los habitantes. No construyen las aves sus nidos en espadañas ni en torreones ni siquiera en aleros. No se escuchan cantos de amanecer ni los gorjeos del día que se apaga. Se instala la espiral del humo. El humo de la llama más profunda, el humo de la aldea que arde, el humo del fogonazo de los guerreros. En ese momento los hombres se miran unos a otros, perplejos. No logran explicarse cómo les ha podido pasar aquello. Llevaban un tiempo inmemorial, que apenas casi nadie registraba, sin ningún conflicto, sin ninguna peste, sin ningún dolor, sin apenas llanto. Creían conocerse entre sí, pensaban que la violencia telúrica era cosa de leyenda, que las extrañas construcciones que flotaban sobre el mar respondían a una narración antigua, nunca comprobada, que los pueblos de lejanas extensiones, que habían permanecido contenidos, estaban al igual que ellos a las tareas de la supervivencia. Que el suelo, en fin, era eternamente firme. Ya era tarde para planear nada. Tenían que reaccionar sobre la marcha y la consigna era clara. Quien se salve, que recuerde. Quien recuerde, que prevea. Solo de esa manera podrían volver las aves al nuevo territorio de la nueva vida.
(Ilustración de Artemio Rodríguez)
viernes, 3 de noviembre de 2017
58. Mi viva imagen
Una vez conocí a una calavera que jamás había tenido carne puesta. Nunca me he ocultado tras un cuerpo, me dijo en voz baja. Y eso que me han dado a elegir muchas veces. Me han ofrecido un rostro ingenuo, otro seductor, otro convincente. Me ofrecían tonos luminosos de pelo, pieles tersas, músculos de sonrisa fácil, frentes amplias o carrillos regordetes. Pero no me decidí por ninguno, todos me parecían máscaras. No me lo creo, le dije yo, porque salta a la vista ordinariamente que una calavera es tal después de la carne, nunca antes. Pero cuando una calavera te habla con tranquilidad y no sabes si te cuenta sus penas o sus alegrías, ya que las calaveras conocen ambas situaciones emocionales, tienes al menos que escucharla. Yo insistí. Una calavera es lo que queda tras haberse eliminado la piel, perdidos los ojos, desechos los músculos y los tendones, fugado el cabello y aniquilado las ternillas. Sí, sí, me respondió ella mientras ambos tomábamos unos vasos de mezcal. Eso me dicen las calaveras que han tenido una cara. Pero lo mío, una de dos, o es una mala ventura o se trata de algo que aún tengo pendiente de experimentar. Deja la puerta abierta a las posibilidades, le dije para animarla. Aunque ella no estaba deprimida en absoluto porque para estar desanimado hay que tener una referencia anterior que luego se pierde. Y, como si adivinara mi pensamiento, la calavera insistió con voz prudente: yo no sé qué es perder, porque tampoco sé qué es tener. Nací calavera, me mantengo calavera, moriré calavera. Entonces me di cuenta de que su papel era como el del reflejo en un arroyo manso o como la reproducción en un cristal. Que estaba puesta ahí para que cada viajero de la vida se contemplara en ella o como el fogonazo de una foto instantánea no del pasado sino del futuro. A uno le cuesta imaginarse como tú, aunque se adelgace hasta extremos que solo la vejez depara, le dije. Pero la calavera sonrió sombría, como era su costumbre. ¿A que te has dado cuenta de que soy tu viva imagen?, me soltó al despedirnos.
(Ilustración de Artemio Rodríguez)
martes, 31 de octubre de 2017
57. El pez híbrido
A aquel pez le habían contado que en el mundo de las palmípedas existía el patito feo. Pero aunque veía desde su mirada sumergida en el estanque el chapoteo de cisnes, patos, gansos y otros moradores de superficie, no llegaba a comprender cómo podía haber fealdad en medio de tanta belleza. Él mismo no se consideraba feo, sino solamente raro. Y no raro únicamente por la disposición bipolar de su cuerpo, que alejaba a la mayoría de los otros peces, sino porque se consideraba ingenuamente superior a ellos. Se desplazaba sometido a dos posibilidades. Podía caminar sobre el fondo y cuando se cansaba se dejaba conducir a través de la inercia refleja de las aletas. Era uno de esos seres híbridos extraordinarios que acumulan más propiedades que los animales comunes, pero que son poco entendidos por cuantos les rodean. Sin embargo su condición aparentemente ventajosa no era práctica. Si los demás peces nadaban a él le costaba seguir su ritmo. Y si él pretendía caminar no era seguido por aquellos que no estaban provistos del apoyo de unas extremidades. Vivía en una situación que le volvía no solo incomprendido sino solitario y marginado. Pero contra el destino nada podía hacer.
Jugador, la ventaja no siempre es favorable. Los medios de que se dispone no garantizan el futuro. Cuida los recursos con los que te ha dotado la naturaleza y echa el dado antes de que te invada el desasosiego.
(Ilustración de Artemio Rodríguez)
domingo, 29 de octubre de 2017
56. El brujo y el hombre desdichado
Casi todo el mundo recurría al brujo para cualquier cosa, menos un hombre cuya vida acumulaba más desdichas que el resto de sus vecinos. Tú que lo necesitas más que nadie ¿por qué no acudes a él? le decían. Para qué voy a ir, respondía, si lo que viene mal dado no tiene cura, por mucho que lo intente. Lo que nadie sabía era que las desgracias que se cebaban en aquel hombre se las había traspasado el brujo.
Había un pacto secreto entre el brujo y el hombre desdichado. Tú sobrellevas las cargas que yo vaya quitando a los vecinos que vienen a verme, le propuso el brujo, y a cambio hago lo posible por que tu vida sea larga. El hombre había aceptado el ofrecimiento, pensando que vivir por vivir siempre es un aliciente, aunque le sucedan las cosas más inesperadas y calamitosas. Cuando las cargas que le iban cayendo eran livianas, del tipo de una deslealtad conyugal, el hombre lo soportaba bien. Nadie debe padecer sino lo justo por la intromisión de un hombre o una mujer nuevos en la vida del otro. No hay que ver gravedad en esa clase de asunto, hay situaciones más desventuradas. Pero cuando un mal de salud que padeciera algún vecino le era trasladado a él a través de la acción del brujo, el hombre del pacto no levantaba cabeza, se recluía en su casa, blasfemaba todo el rato y sentía la opresión y la agudeza del mal como el mismo vecino al que el brujo había aliviado. Solo desaparecía en él aquella situación cuando el vecino enfermo se moría, porque el brujo sustraía los efectos de la enfermedad, pero no la reducía a cero. No tenía poder sobre la muerte.
Había un pacto secreto entre el brujo y el hombre desdichado. Tú sobrellevas las cargas que yo vaya quitando a los vecinos que vienen a verme, le propuso el brujo, y a cambio hago lo posible por que tu vida sea larga. El hombre había aceptado el ofrecimiento, pensando que vivir por vivir siempre es un aliciente, aunque le sucedan las cosas más inesperadas y calamitosas. Cuando las cargas que le iban cayendo eran livianas, del tipo de una deslealtad conyugal, el hombre lo soportaba bien. Nadie debe padecer sino lo justo por la intromisión de un hombre o una mujer nuevos en la vida del otro. No hay que ver gravedad en esa clase de asunto, hay situaciones más desventuradas. Pero cuando un mal de salud que padeciera algún vecino le era trasladado a él a través de la acción del brujo, el hombre del pacto no levantaba cabeza, se recluía en su casa, blasfemaba todo el rato y sentía la opresión y la agudeza del mal como el mismo vecino al que el brujo había aliviado. Solo desaparecía en él aquella situación cuando el vecino enfermo se moría, porque el brujo sustraía los efectos de la enfermedad, pero no la reducía a cero. No tenía poder sobre la muerte.
Cierto día el hombre desdichado sintió una opresión que le recorría de pies a cabeza, sin saber si era consecuencia del deterioro de sus órganos o malestar de sus emociones. Si se tocaba en alguna zona intermedia se producía una mezcla de dolor y de angustia que iba en aumento. Si alejaba sus manos del cuerpo le parecía que perdía la sensibilidad. Si se detenía un rato no era capaz de ponerse en marcha de nuevo. Cuando recurría al pensamiento para poner en orden sus días percibía un vacío, como si su mente se hubiera desalojado de todo tipo de recursos. No entendía que pudiera cronificar tantos padecimientos a la vez. Puesto que se sabía mantenedor de un convenio con el brujo se reunió con él para indagar si se trataba de un mal delegado desde otra persona o era algo incubado por él mismo. El brujo, sorprendido, le dijo que precisamente los últimos días no había acudido nadie a consultarle y que no sabía qué decirle. Entonces el brujo temió que el hombre desgraciado hubiera iniciado el camino de la muerte y se sintió benévolo. No puedo permitir que además de lo que le ocurre, discurrió para sí, se ceben en él nuevas preocupaciones o enfermedades de otras gentes. Te exonero del pacto que hicimos, le dijo al hombre. No te aseguro una vejez larga pero al menos dejarás de verte afectado por dolencias y perversiones que no sean las tuyas propias. Al pronto, el hombre que había hecho con el brujo aquel extraño pacto sintió que recuperaba su bienestar anterior, no obstante el desgaste de los años. Ahora podré venir a visitarle libremente si algo me va mal, le comentó al brujo. Ven cuando quieras, le respondió éste, pero no te garantizo que la desgracia que traigas contigo se la pueda cargar a otro. No importa, dijo el hombre, he estado tan agobiado de cargar con los problemas ajenos que el cuerpo me pide sentir los propios. Así veré la diferencia.
Este pobre hombre no sabe que no hay grandes diferencias en el dolor y la angustia de los hombres, pensó el brujo. Y esbozó una sonrisa ácida mientras su antiguo aliado se daba la vuelta.
Este pobre hombre no sabe que no hay grandes diferencias en el dolor y la angustia de los hombres, pensó el brujo. Y esbozó una sonrisa ácida mientras su antiguo aliado se daba la vuelta.
(Ilustración de Artemio Rodríguez)
sábado, 28 de octubre de 2017
55. El hombre de las espinas
¿Quién dijo que la vida era un camino espinoso? Aquel hombre que vivió tantos años en el pedregal siempre había dicho que no era árido el suelo sino fértil. Se convirtió en abanderado del paisaje. Recorría toda su superficie de sol a sol, se alimentaba de la raíz tierna a la que solamente él sabía llegar, se echaba la siesta a la sombra de un cactus gigante, inspeccionaba cada planta, registraba cada especie, cuantificaba las crecidas y las que iban naciendo. No había secretos para él y la amplia familia de cactáceas se le entregaban con sumo placer. Biznagas, cactus, echeverias, nopales, chumberas, nada se le resistía en su afán por reconocer la belleza que perseguía no solo en su porte sino en su configuración oculta. Cuando las aves que todo lo supervisan y catan se le acercaban solían mantenerse en la prudente y reconocida distancia que un rey exige del mundo que le rodea. Si acechaba una tormenta buscaba el saliente de una roca, se empequeñecía como un lagarto y permanecía a la espera de que capease la llovizna.
Al empezar a hablarse en la región de aquella especie de hombre cactus hubo personas que intentaron localizarlo. Las plantas le ponían en aviso si se acercaba algún explorador y él se transformaba acoplándose a la planta que tuviera a su alcance. Cuantos le buscaron regresaron sin información de su existencia real, pero la gente siguió comentando. Puesto que lo que los hombres no llegan a ver lo traducen en leyenda o rumor los habitantes de las zonas desérticas restaron importancia a la supuesta existencia de aquel ser híbrido y especial. No obstante, las madres lo utilizaban de excusa para impedir que los niños, incluso los adolescentes, se alejaran en exceso de su aldea. No vayas más allá de la linde del pueblo, les decían, puedes convertirte en un hombre de las espinas. Sin embargo hubo casos de jóvenes, anhelantes de aventuras y prosperidad, que se aventuraron. Nunca volvieron. De ellos se contaba que el hombre espinoso les había capturado o que las cactáceas les habían clavado sus afiladas garras para nutrirse con sus humores núbiles. Cuando en una ocasión una madre que ya se había olvidado del hijo recibió una carta desde New York pensó que era una broma. Ni se inmutó.
(Ilustración de Artemio Rodríguez)
viernes, 27 de octubre de 2017
54. Apresuramiento
Cuanto más cerca estás de la meta más quieres correr. ¿Sirve de algo tanta presura? ¿Tanto te obsesiona la llegada? ¿Acaso no has entendido todavía que cuando llegues será el fin? ¿Crees que llegar te hará vencedor, si bien es obvio que el tiempo es el que nos vence? Dirás: pero es el juego lo que nos atrae. En ese caso, repítelo cuantas veces desees, y no temas los obstáculos ni los fantasmas ni los monstruos ni los hombres que encarnan la dificultad. Al fin y al cabo también se pueden superar, pero no olvides jamás que la última casilla del juego es el misterio de la nada, donde tus fantasías se disolverán.
(Ilustración de Artemio Rodríguez)
miércoles, 25 de octubre de 2017
53. Los matemáticos sofistas
En la disputa bizantina que mantuvieron dos matemáticos ambos coincidieron en la cifra mediada, no en el total. Así uno decía que tres era la mitad de seis y el otro que seis era el doble de tres. Éste segundo matemático insistía: además mi teoría es creciente mientras la tuya es disminuyente. Pero desde el valor de la cifra abstracta eso no cuenta, le respondía el otro. Pero desde la aplicación concreta es revolucionaria. Mira la Bolsa. También es regresiva, aseveró el matemático opuesto, y ello cuenta gravemente en el parqué. Con ello pretendían demostrar que una operación no desbarata por sí misma el valor de la cifra. Tan pretendidamente ardua conclusión dejaba en evidencia a cada una de las dos partes en litigio por separado, pero si se tenían en cuenta la una a la otra la capacidad operativa satisfacía a ambas. La solución o, mejor dicho, la decisión se la ofreció el perro. Soy de cada uno de vosotros, les dijo, pero porque ambos me compartís. Ni me podéis partir por la mitad y quedaros cada uno con una parte, porque ya no sería perro, sino destrozo en descomposición, ni yo voy a optar ni por el más guapo ni por el más feo. Desde ese día los dos matemáticos decidieron trabajar juntos. Sólo se separaban para hacer funcionar sus cerebros, pero las conclusiones que iban obteniendo uno se las regalaba a otro. Siempre se me han dado bien las matemáticas, y no las he aprendido precisamente de estos hombres, pensó el perro dando saltos y moviendo el rabo con alegría.
No anheles, jugador, por las buenas que te salga un punto determinado que hayas calculado que te puede permitir ganar, pues la matemática del azar suele ser más exacta que tu deseo.
(Ilustración de Artemio Rodríguez)
lunes, 23 de octubre de 2017
52. El penado, los nobles y el abad
A veces la bondad se encarcela. Y la belleza también, dijo el abad rebelde de Saint-Martin des Conques Braves en la ceremonia de la Pascua. A nadie se le ocurriría decir que en las prisiones están los buenos. Pero ¿quién nos dice que a pesar del acto que ha llevado a un hombre a penar no se trata de un ser que ama cuanto roza la belleza? ¿Es el acto delictivo que ha cometido lo que invalida su personalidad sensible? ¿Cómo puede condenarse a un individuo también a no reconocerle el interés que pudo tener por la estética, el aprecio por los seres humanos necesitados y su gesto generoso y amable con los vecinos?
El templo permaneció mudo. En las primeras filas de la iglesia, donde se sientan ordinariamente los privilegiados, se suscitaron algunos murmullos roncos. Aquellas preguntas del abad dolieron a la congregación de fieles que no ignoraban que uno de los vecinos de la comarca, el joven Philippe de la Haine, apodado Dangereux, había dado muerte en un acto de venganza al noble Michel Antoine de la Bretagne, conde de Nantes. No es verdad que dolieran a todos los asistentes a la Pascua, sino más bien a la familia allegada del difunto, a los otros nobles del reino y a los siervos dependientes de él, por la cuenta que les tenía. El abad continuó con tono vigoroso. No temáis, hermanos míos, mi hermosa grey de creyentes, no voy a exonerar del crimen al joven Philippe, pero sí quiero dejar a salvo su capacidad de entrega a la comunidad y su especial y exquisito gusto por cuanto en esta vida suscita admiración, contemplación y amor. Si la ley ha decidido su condena ¿quién soy yo para oponerme? Los nobles y altos clérigos de la región se relajaron en sus solios. Varios afirmaron con la cabeza alegrándose de que el abad de Saint-Martin des Conques Braves, no obstante su fama conflictiva con la autoridad civil, admitiera no solo los hechos sino que se inclinara ante el creciente poder de los nobles y del rey.
Rezaré por el joven reo, y se postró de rodillas, actitud que alarmó a los nobles más avisados. Y entonces su voz tronó. Oraré no solo por él sino por todos vosotros, que sois potencialmente culpables de delinquir unos, delincuentes manifiestos otros, aunque nunca se os aplicará la ley, asesinos manchados de sangre varios más, ladrones de bienes de los humildes y cómplices del mal la mayoría. Mirad que no digo fríamente que sois pecadores, algo que sería inocuo, y cuyo sentido apenas nos aflige a nadie hoy día. Suplicaré, y acabó echado sobre la lápida de la tumba del anterior abad, en el presbiterio, no para que os salvéis, porque sé de sobra que eso es imposible, sino para que os condenéis en esta vida.
La treintena de nobles que escucharon atónitos las palabras del abad se levantaron al unísono, produciéndose un ruido considerable de movimiento de cuerpos desplazados, sitiales corridos y espadas desenfundadas.
A estas alturas de nuestro siglo moderno aún no se decide Roma a incorporar al santoral la figura de aquel abad. No obstante hay gente de la zona que desde antiguo recuerda y reza -¿qué es una plegaria sino un bello recuerdo?- al que llaman el Santo Abad. A secas, por si acaso.
(Ilustración de Artemio Rodríguez)
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