Te preguntas cuándo una palabra marcó la diferencia entre lo que se tenía, lo que se deseaba y lo que era posible obtener, sin que una posesión pasajera, esto es, un mimo, una caricia, un estímulo verbal, se asentaran como referencia, y te permitieran conciliarte con un entorno confuso, con unos individuos cuya estructura no sabías medir, con una agitación en el entorno que o bien soslayabas o bien te apesadumbraba, y recurrías al sueño, y te precipitabas en un mundo que te sobrecogía, y el despertar era a veces un grito, a veces un desplome nervioso, cuando no el llanto, el llanto tan expresivo como recurrente.


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