viernes, 5 de marzo de 2010

Impacto

La causa pudo ser una gota. O la brizna de una rama. O el excremento de un ave pasajera. O una lágrima volátil y furtiva. Mas en ese instante la luz quedó rota en su reflejo para siempre. Observó y aprendió. Una mano alzó su pequeña fuerza. Un ejercicio en arco. La salida de un objeto desde sus dedos. Y el guijarro que cae. El mundo quedó constituido desde ese impacto con otra mirada. Fue el comienzo de la visión activa. Los días siguieron atravesando la espesura. Las noches se volvieron cómplices. En medio de un territorio cambiante, el viento era melodía. La lluvia, las secuencias del deseo. Él sentía acogedor el espacio, aun cuando no le fuera permitido siempre ocuparlo como quisiera. Sabía que podía introducirse en el juego de los espejos. Los que se parten en mil pedazos y se rehacen a continuación. Cada caída de un canto rodado era su propia inmersión. Ya no hubo quietud jamás. Observar aquel curso apacible resultaba seductor. Intervenir en él era decisivo. En cada mirada crecía una apetencia diferente. Se veía con dos rostros. O con más. Cada círculo era una posibilidad. Una dispersión radial que iba a ser profética. El misterio del eje vertical donde él desaparecía para conocer la expansión le obsesionaba. Soñó entonces con la caída primigenia donde se reconstruía a sí mismo sin el temor al fin.


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