lunes, 15 de marzo de 2010

Retirada

Y en ese instante, siente que se paraliza la vida a su alrededor. No se para. Él sólo se excluye. Busca el refugio desde donde capear lo que más allá de sus límites tiene lugar. Y que no comprende. Sabe que no le gusta el tono con que fuera de él y de su mundo se dirigen unos a otros. Es como si de pronto el cielo se pusiera negro y la tormenta acechara. Se agazapa bajo los arbustos protectores. Lo más lejos posible del ruido. Cierra los ojos y sueña con el curso del río. En su mirada no acierta a ver el reflejo de la vegetación, ni la luz espléndida que lo toma, ni las circunferencias nítidas de la vida que creía inagotable en su esplendor. Pero no puede escapar a la atracción obsesiva de los círculos que él sabe cómo marcar. No puede negarlos. Se muestran menos obvios, menos tangibles. Y sin embargo ha aprendido a trazarlos incluso fuera de su presencia. Logra verlos hasta en el punto más insignificante de la noche. Permanece tan quedo que su sentido de la percepción va recuperando ciertas señales. Le llega entonces el rumor de la corriente que anhela. Mientras lo escuche le alentará la ilusión. Algunos cantos de aves se acercan, muy tenues, inseguros. Las ramas se agitan prudentes al principio, descaradas después. Basta con una brizna luminosa en la negrura de su sospecha para que se desbroce paulatinamente la tensión que le ha forzado a huir. Recogerse es el secreto. Aguzar el oído al vacío. El mundo de símbolos se está destapando poco a poco para sí. Él va a edificar con el barro que hay entre los elementos desparramados a los pies sus propios habitáculos.



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