martes, 2 de marzo de 2010

Oblicuidades

Enmarañadamente. Las seguridades siempre llegaban desde afuera, con un precio. También las acechanzas, agazapadas en ocasiones entre las mismas manos que se ofrecían a protegernos. Para que las luces nos tiñeran tenían antes que diluirse. Conformarse como lágrimas, expandirse como gemidos tenues, revelarse como gritos ahogados. La fronda tenía que ser atravesada con nuestros tanteos. Afirmando nuestra cooperación, acatando los mandatos que iban configurando normas de conducta. Las palabras que nos llegaban del exterior zureaban o bien mostraban su filo. Tal contraste nos enmudecía. Lo que se mostraba claro era artículo de fe. Lo que no se entendía era peligro. La bondad de lo que otros emitían ocultaba a su vez sus propias insatisfacciones. El niño prefería un ademán, se impactaba con una sonrisa, saltaba de contento con una concesión. Estas actitudes gestuales parecían llegar desde la materia honda y sincera, aquélla que alimentaba al ser que se hacía. ¿Las palabras? También se agradecían. Las más simples, si suponían estímulo, ponían calma en las aguas agitadas de la confusión. Se deslizaban con suavidad en la conciencia incipiente, como si las hubiéramos tenido siempre correteando allí dentro. Pero luego estaban las palabras severas. Las que tenían que poner las cosas en el sitio que el adulto deseaba que estuvieran puestas. Nada permanecía firme, y en cada oscilación surgía un temor. Y en cada variación de un tono, se afirmaba una angustia. Las líneas eran oblicuas, por más que las voces externas amparasen una rectitud que debía tocar fondo en tu propio calado.

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