
…y en esa inversión también eres tú. También se alargan las angustias y se prolongan las sonrisas y se descomponen los deseos. Pero ahí los planes no sirven. Nada hay consecuente con tu vida en ese derrumbe que no puede medirse con la vara del tiempo consciente. Hay de pronto una situación plana. Una extensión de cuya luz cegadora no puede decirse que sea luz. Podría ser tiniebla porque nada es reconocible allí. Donde no existen objetos, ni colores, ni sonidos, ni paisaje, ni volúmenes. Lo leo en tu inercia. El calor de tu cuerpo se ha contenido, la respiración se detiene, el sudor se seca, la agitación desaparece, el vello deja de erizarse, los párpados están rígidos, tu figura se diluye. Es en ese instante cuando estoy por saltar sobre ti y apropiarme de una configuración que me falta. Es en ese momento cuando deseo liberarte de tus tormentos y modificar tus emociones. Cuando anhelo cerrar los pensamientos que te ligan a este mundo y conjurar para siempre tus recuerdos. Cuando me apetece salvar el don de tu palabra y la caricia de tus gestos. Y porque sé que el paréntesis te ha sacado, siquiera brevemente, de la existencia, me precipito al vacío y a la iniquidad. Busco tu boca para besarla, abro tus párpados para contemplar el brillo de tus ojos, huelo tu sudor para ubicar tu deseo, rozo tus dedos para palpar por ellos, lamo tu pecho para saborear tu sal, rasgo tu perfil para que al despertar ya no seas el mismo.